martes, 3 de marzo de 2009

Amar es infinito



La historia que voy a contar es la de un hombre y su sentimiento, su amor, su obsesión, su perdición. Deucalión no ha tenido una vida normal, tampoco él es normal, es un tipo de mirada reservada, evita mostrar sus sentimientos (y cuando lo hace no se siente cómodo), es capaz de soportar la infelicidad porque no le supone ningún compromiso, no tiene hábitos (ni saludables, ni insalubres), no muestra su afecto hacia sus familiares más cercanos, ni les habla más de lo estrictamente necesario como para no olvidarlos, su existencia es simplemente ver cómo suceden las cosas a su alrededor. Aún así tenía amigos y tuvo romances, pero ahora está solo, completamente solo. No es alguien antipático, solía caer bien, salía de fiesta, y se relacionaba, pero Deucalión nunca dio el primer paso. Tenía inseguridades, muchas inseguridades, que combatía intentando reírse de él mismo, resumiendo se podría decir que era alguien especial, en el sentido de que no era como los demás.



En efecto Deucalión ya es alguien por quien los años han dejado huella, suele vagar por la calle, pensativo, siempre mirando una hoja, el cielo, una nube… no se siente parte del resto, es libre de las moralidades y de los prejuicios, a pesar de su “locura”, sigue siendo razonable y aún no ha perdido la capacidad de “sentir”. Pero Deucalión no siempre fue así, su perdición fue amar con toda su fuerza y corazón a alguien que no sentía lo mismo por él. Cuando conoció a Pirra sintió cómo su vida tomaba un impulso vertiginoso, ahora ella era su inspiración, en todo lo que ahora emprendía, Pirra era su fuerza. La amó durante mucho tiempo con la esperanza de ser correspondido algún día, también trato de atenuar sus sentimientos hacia ella, pues el poder que ella ejercía sobre Deucalión era colosal. Él dispondría su cuello descubierto ante una guillotina sin pensarlo si ella así lo quisiera, por ello Deucalión empezó a perder su vida para centrarse en amar a Pirra, olvidó que para amar debes de ser alguien, para ser alguien debes tener tu vida, y él la había entregado totalmente a Pirra. Para Deucalión, Pirra era lo más hermoso que sus ojos jamás vieron, su voz le sonaba a manantiales de agua fresca, su aroma le inspiraba serenidad y su presencia ocupaba toda su atención. La pobre Pirra no llegaba a entender la intensidad de los sentimientos de Deucalión, y aunque tuvo dudas en algunos momentos, suponía que esos sentimientos eran un reflejo del amor de Duecalión hacía ella, y sabía que ni ella ni él se conformarían con eso. Así que decidieron no volver a tener contacto jamás. Hasta aquí podría ser una historia más en la que finalmente cada uno reharía sus vidas con otras personas… pero no fue así.

Lo triste de esta historia es que Deucalión jamás dejó de amar a Pirra, intentó mantener relaciones con otras mujeres, algunas duraron más, otras menos, pero él siempre encontraba un defecto y buscaba una semejanza. Tras unos años Pirra se casó, tuvo hijos y compró una casa. Deucalión ya había perdido la cabeza para entonces, ya era alguien solitario y pensativo encerrado en sí mismo y con una sola idea en la cabeza, Pirra. Lo despidieron de su trabajo, lo desahuciaron y terminó en la calle, donde siempre solía vagar, pero esta vez para quedarse en ella. Tenía una larga barba y su ropa estaba rajada. No había visto a Pirra desde hacía ya décadas, pero aún seguía enamorado como el primer día. En uno de esos días en los que, ya anciano, Deucalión vagaba por las calles, se sentó en un banco del parque al que solía ir a mirar las nubes…pero esta vez sentía que el mismo acabaría allá arriba, su cuerpo ya no daba más de sí…de repente, sintió una serenidad pasmosa, le parecía oír el sonido del agua fresca recorriendo un riachuelo y con la vista ya perdida pudo ver como era Pirra quien le llamaba, era ya una anciana, cerca de los 100 años, pero Deucalión la reconoció enseguida, su mirada volvió a resplandecer y sus dolores se disiparon: “creí que jamás volveria a verte, amor” le dijo Deucalión, Pirra mantuvo un silencio y se le encharcaron los ojos, “¿aún estas enamorado de mí, Deucalión?”, “siempre mi vida”. Pirra al casarse y rehacer su vida, se había dado cuenta de que una parte de ella siempre estaba con Deucalión y acabó comprendiendo que ella también lo amaba. Dejó a su marido poco después de tener a sus hijos, fue una separación cordial, y ella emprendió la búsqueda de Deucalión. Tras tantísimos años de búsqueda, por fin se habían vuelto a encontrar: “Deucalión, yo también te amo”, después de nada menos que una vida, se fusionaron en un abrazo y se besaron. Deucalión recuperó al instante su cordura, y Pirra sintió de veras que no le faltaba nada. Allí, en el banco del parque, prometieron permanecer abrazados y amarse durante el resto de sus vidas. Y así lo hicieron… se amaron infinitamente, mas allá del tiempo, más allá del espacio…


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